Cuando mis hijos vuelven al colegio siento una mezcla muy particular de alegría y liberación. Alegría por ver cómo crecen, cómo pasan de grado y cómo construyen nuevos vínculos y aprendizajes. Y, al mismo tiempo, una cierta liberación porque la casa vuelve a estar en silencio durante varias horas, lo que me permite focalizarme mucho mejor en mi trabajo y en mis actividades personales.
Con el inicio de las clases también cambia bastante la dinámica familiar. Nos obliga a retomar horarios y a levantarnos temprano —algo que a todos nos cuesta después del verano—, pero a la vez hace que el día rinda mucho más. Volvemos a las rutinas, a la organización y a una estructura más clara, y eso nos encuentra como papás más ordenados y tranquilos para encarar nuestras responsabilidades.
Para que la vuelta al cole sea más llevadera, trato de anticiparme y organizar todo con tiempo. Me ocupo de las listas de materiales escolares, lavo los uniformes apenas terminan las clases, reviso y limpio bien el calzado que van a seguir usando y consigo los textos escolares ni bien tenemos los títulos. De esa manera, en los días previos al inicio solo tenemos que ajustar el despertador y nada más. Cuando decidimos renovar mochilas, cartucheras, luncheras, termos o zapatillas escolares, siempre los elegimos junto a ellos. Me parece importante que se sientan parte del proceso y que arranquen el año entusiasmados con sus cosas, especialmente con un calzado cómodo y adecuado para acompañarlos en su rutina diaria.
Cada uno vive esta etapa de manera distinta, y eso también nos exige acompañarlos de forma personalizada. A Anya, mi hija más chica, el primer día le suele costar bastante; en su caso, ayuda mucho que la lleve su papá, porque logra quedarse más fácilmente que si me ve a mí. Después de ese primer momento, vuelve feliz por reencontrarse con sus amigos y sus seños. Con Marco, en cambio, el desafío pasa por retomar el orden y las normas del colegio, que son más estrictas que las del verano, así que conversamos mucho con él para que la transición sea más llevadera para todos.
Con el paso del tiempo y la experiencia que una adquiere como mamá, vamos entendiendo con cada hijo qué estrategias funcionan mejor para encarar cada año escolar. Hay momentos en los que tenemos que acompañar muchísimo más, como fue el año pasado con Marco, que empezó primer grado con todos los desafíos que eso implica: un nuevo ámbito, mayor foco en aprender a leer y escribir y el inicio de una etapa escolar en la que el juego queda en un horario más reducido. Es un cambio muy fuerte y hay que estar atentos durante todo el año. No todos los chicos aprenden al mismo ritmo, y como mamá también tengo que regular mis propias expectativas para no presionar. Si bien la lectoescritura puede darse de manera muy fluida incluso en niños de jardín, es importante tener en cuenta que el proceso puede llevar todo primer grado.
El año pasado cambiamos a los chicos de colegio. Eso generó una nueva oportunidad para construir vínculos con nuevos amigos, pero al mismo tiempo implicó desafíos de adaptación que tuvimos que acompañar con paciencia. No solo los chicos pueden sentirse perdidos por momentos; a nosotros, como adultos, también nos pasó. No teníamos aún una red, los grupos ya estaban formados y fue necesario encontrar la manera de integrarnos de forma natural. Aceptar que estos procesos llevan tiempo a veces cuesta, pero como familia entendimos que lo mejor es abrazar la situación y confiar en que cada hijo construye su propio espacio en la escuela, a su manera y a su tiempo.
Mariu Solis
@mamimariu
