Cuando nació Guillermina, que fue mi primera hija, tenía muchos miedos e inseguridades. Como cualquier primeriza, es todo nuevo. Tenés miedo de que se enferme, miedo de hacer algo mal, casi como si se pudiera “romper”. Yo necesitaba preguntar todo. Buscaba la aprobación de mi mamá, del pediatra, de mi suegra. Me costaba confiar en mí.
Con el tiempo fui aprendiendo. Hoy, después de cuatro, siento que soy una experta en bebés. No porque me las sepa todas, sino porque aprendí a confiar en mi instinto. Con el primero necesitaba validar cada decisión; ahora confío mucho más en lo que siento como madre.
Igual hay algo de mi personalidad que siempre estuvo: yo soy bastante relajada. Cuando entendí la dinámica real de un recién nacido (la falta de sueño, la lactancia exclusiva, lo físicamente demandante que es), me entregué a ese caos. No vivía el no dormir como un drama total. Me ponía una serie, me hacía un mate. Nunca lo sentí como algo trágico. Creo que esa parte desestructurada mía, que en otras áreas no siempre me ayudó, en la maternidad sí fue un plus.
También me pasó algo que creo que nos pasa a muchas madres: con el primero sentía que todo tenía que ser perfecto. Que había una manera correcta de hacer las cosas y que yo tenía que descubrirla. Con el tiempo entendí que no hay una única forma de maternar. Cada hijo es distinto, cada momento es distinto y una también va cambiando. La maternidad no es una fórmula que aprendés y repetís, es algo que se va armando todos los días.
Qué cosas ya no hago? Esto de necesitar todo el tiempo la aprobación de un tercero. Hoy confío mucho más en mi criterio.
Los miedos que se fueron son esos más básicos: el miedo constante a que le pase algo o a no estar cuidándolo bien. Esos bajaron mucho. Los que aparecen ahora son más difíciles de manejar, porque están fuera de mi control. Siempre hay algo en lo que una se equivoca. Siempre hay algo que podrías haber hecho mejor. Son miedos más existenciales, más profundos.
Empecé a maternar con más seguridad a partir del segundo hijo. Ahí algo se acomodó.
Con el tiempo individual, la culpa siempre está. A mí me cuesta mucho maternar sin culpa. Siento que es algo que me va a acompañar toda la vida. La culpa aparece sobre todo cuando no logro respetar la individualidad de cada uno, cuando no puedo darles ese espacio propio que necesitan.
A veces también siento que la maternidad te enfrenta todo el tiempo con tus propios límites. Con el cansancio, con la paciencia, con versiones tuyas que no siempre te gustan tanto. Hay días en los que siento que estoy haciendo todo bien y otros en los que termino el día pensando en todo lo que podría haber hecho distinto. Y supongo que también eso es parte de maternar: aprender a convivir con esa mezcla constante de amor, agotamiento, dudas y certeza al mismo tiempo.
Y también pasa algo curioso cuando tenés varios hijos: aprendés a mirar más a cada uno por separado. Al principio todo gira alrededor de “ser madre”, pero después empezás a entender que cada uno de ellos es una persona distinta, con su carácter, sus tiempos, sus necesidades. Y parte del desafío es justamente ese: tratar de acompañar a cada uno en lo que es, no en lo que una imaginó.
Y mis hijos más chicos me enseñan a disfrutarlos más. Con los grandes entendí lo rápido que pasa todo. Lo rápido que dejan de ser bebés. Entonces con los más chicos estoy más presente en eso, tratando de disfrutar esa etapa, porque sé que vuela.
Patricia Mendieta
